Az ores (Abr 2017)
Bem-Vindos! Llega la semana santa y junto con ella un nosequé que hace que metamos ropa en un bolso y nos mandemos a mudar por unos días. Esta vez los dados del azar cayeron en el casi medio del Atlántico, que Don estaba un poco homesick de sus tierras natales, y Carlos que apenas da un poco el brazo a torcer dijo que hagamos algo salomónico, y nos vamos para el este, pero no tanto....
Esta vez el vuelo no fue tan de low cost sino mas bien de canje de puntos de esos programas de viajero frecuente que uno siempre tiene dando vueltas alrededor por las dudas, y así fue que un viernes temprano por la mañana estábamos tomando el primer aerobus de la jornada para arribar a un aeropuerto de BCN colmado de gente lo cual nos hace caer en la cuenta que somos para nada originales. Igual pudimos despachar equipaje, pasar la cola de seguridad, y unos minutos más tarde estábamos arriba de TAP que nos llevó a nuestra primer isla con una escala generosa en Lisboa.
El primer aeropuerto que pisamos fue el de Ponta Delgada, en la isla de Sao Miguel, la más grande de todas. Allí alquilamos coche de rigor, fuimos hasta la ciudad, comimos algo que ya era mediodia + 2 horas de diferencia horaria, y de allí nos dirigimos hacia nuestro alojamiento.
Una vez alojados en un B&B alejado de la ciudad y sus ruidos (las ventajas de tener coche, y que está claro que si te va el rollo party-party-party éste no es tu lugar), volvimos a la misma a por información turística, paseo por el puerto de turno, visitas a algunas playas de arenas negras, muy negras, para luego acabar cenando en una marisquería que encontramos por casualidad andando por allí, a la que se ve que va la gente de por aquí porque estaba lleno de locales.
Otra de las ventajas del turismo en temporada baja en estas islas es que puedes ir al restaurante más recomendadísimo de todas las guías sin reserva alguna y conseguir una atención personalizada y hasta gratificante. Estamos volviéndonos fans totales del turismo low cost en temporada baja...
Y te imaginarás que en estas islas se come pescado. Y estás en lo cierto. Pero has de saber, querido amig@, que el pescado de esta parte profunda del Atlántico viene con mucha mas grasa que los que se consiguen por la zona del Mediterráneo.
Y encima al parecer los locales tienen afición por freírlos y luego ponerlos al horno o acompañarlos con alguna cosa, así que comparadas con las opciones "saludables" que existen en otras regiones del planeta, éstas quizás no lo sean tanto. Pero igual se disfruta con el pescado fresco, a veces viene directamente de la parrilla, y con variaciones como pulpo, sepia, lapas, almejas,... todo muy bueno y muy fresco.
También hay mucha vaca en las islas, y de ellas salen unos quesos que se ve que tienen su fama aunque del lado que nos toca mucho no entusiasmaron (tampoco los vinos tintos locales, que no son vino barato de garrafa pero tampoco un gran cosa), y por eso en restaurantes varios tambien se pueden saborear bifes, bifinhos, picanhas, y equivalentes. Un cocinero local de esos que con los que uno (en general Don) acaba conversando en nuestras largas noches gastroetílicas afirma que la gente come mucho pescado en casa, y cuando sale de restaurante le da al bife. No podemos confirmar ni refutar esta afirmación, así que la reproducimos aquí para que sea el lector quien forme su opinión al respecto.
De postres hay unos bombazos super dulces que pueden convertirte en un diabético en el instante. También una especie de tarta con queso dulce que se llama "queixada" y que se encuentra por todos lados, y otra cosa que crece por aquí y es bastante dulce y aparece por todos lados es la piña/ananá. La encontramos con frecuencia incluso en un entrante que es esencialmente "chorizo, morcilla y ananá". Solo para valientes...
Y ya acabando los datos gastronómicos, hemos de decir que para gran desilusión de Carlos estas islas se encuentran casi al 100% sembradas de papas/patatas y batatas/moniatos, que también hacen su aparición en la gastronomía a izquierda y derecha. Otras plantas que vimos por doquier: bambú (aunque esto último entendemos que es para proteger otros sembrados de los fuertes vientes), banana y nísperos.
Acabada la comida y sus peculiaridades, regresamos a nuestros aposentos, que al día siguiente nos esperaba nuestro primer viaje exploratorio de esta isla. Luego de desayunar y aprovisionarnos en un supermercado super completo (con wifi incluido, aunque es bastante fácil encontrar wifi en esta isla), enfilamos hacia el centro de la isla de Sao Miguel, hacia el lago de Furnas, un plato de agua antiguo cráter volcánico, que todavía tiene vertientes de agua (muy) caliente en uno de los costados.
Hicimos una caminata circular alrededor del lago, comimos nuestros bocadillos rodeados de unos gansos pedigüeños que tuvieron que aprender "the hard way" la filosofía de Don de no alimentar bestias salvajes, y luego nos volvimos a subir al coche hacia el nordeste de la isla.
Allí dejamos el vehículo en un pueblo sobre un peñón y comenzamos a descender hasta el mar. Estábamos rodeados de rocas negras por todos lados, y una vez llegados al agua nos encontramos con varias piscinas naturales de esas que se van cargando de agua cuando las olas son altas o la marea llega. 
Un espectáculo muy bonito que sirvió como marco de nuestro mate vespertino. El regreso hacia nuestro punto de partida fue circular, y en el camino nos encontramos con unos "Romeiros", procesiones de hombres que van de iglesia en iglesia durante la semana santa. Algo curioso por observar y que solo se ve en estos días de arrepentimiento, oración y recogimiento.
Acabado el paseo nos bajamos hasta la ciudad de Nordeste (sic) donde nos dirigimos a un restaurante donde los hombres miraban el partido de fútbol, mujeres no habían, y nosotros cenábamos pulpo guisado en el salón comedor. Entiendas o no entiendas...
Al día siguiente luego de volver a desayunar y pasar por el supermercado, le pusimos algo de gasolina al vehículo y nos dirigimos esta vez hacia el oeste, a una zona denominada Serra Devassa, que tiene varios lagos a cierta altura bastante interesantes de ver.
Para comer el pollo asado nos subimos hasta un mirador con excelentes vistas del Atlántico y de la isla de Graciosa que está en frente a Sao Miguel. De allí volvimos a dirigirnos hacia el nordeste pero por la costa sur. Pasamos por un faro, nos volvimos al bar-restaurante ese de hombres mirando futbol pero no habían ni futbol ni hombres a esa hora. Nos tomamos unas cervezas mientras veíamos a unos romeiros bajar cantando por las calles del pueblo, volvimos hasta Ponta Delgada a ver la caída del sol, y acabamos cenando en el restaurante #1 según tripadvisor que estuvo muy pero muy bien. Don pudo elegir su pescado fresco para ser consumido ahí mismo luego de un vuelta y vuelta a la parrilla, Carlos se quitó el gusto de probar las lapas grilladas, y todo como siempre regado por un buen vino local y finiquitado con un postre de azucar y alguna otra cosa más.
En el aeropuerto de Sao Jorge alquilamos un nuevo coche, y de allí fuimos a nuestro alojamiento en la ciudad de Vela. Nuestra habitación tenía una envidiable vista a la isla de Pico, con la montaña de Pico recortándose en el horizonte. Por suerte pudimos disfrutar de esa vista al llegar, porque por los días siguientes iba a ser casi imposible ver esta montaña debido a las nubes y lluvia que nos cayó en todo momento.
Hemos de decir que el clima siempre estuvo en nuestro favor en el sentido de que jamás tuvimos que suspender ninguna excursión por la lluvia, pero que nos cayó agua cada tanto, y tuvimos que embarrarnos los pies en más de una ocasión. Aquí el clima puede ser muy húmedo, y llover mucho y/o andarse con 100% de humedad por varios días. Por suerte no nos tocó nada de eso aunque tuvimos que comernos chubascos varios, y pocas vistas de la montaña de Pico.
Dejados nuestros bolsos en nuestro nuevo y temporario hogar, nos dirigimos a caminar un poco por la ciudad de Vela, y descubrir que hay corridas de toros en las islas. No tuvimos la suerte o no suerte de ser invitados y/o participar en ninguna, pero que sepáis a los que os va el rollo violencia animal, que aquí hay de eso también.
Almorzamos en el restaurante recomendado de turno, un arroz con pulpo que estaba para chuparse los dedos. Luego bebimos un cafe como para volver a despertar al estómago, y nos enfilamos a conocer un poco la isla de Sao Jorge, que es bastante más pequeña que Sao Miguel así que con menos tiempo acabaríamos. Fuimos hacia el oeste, dormimos una siestita en el camino, vimos el horizonte, tomamos unos mates junto al mar, y retornamos a nuestros aposentos para ducharnos e ir a cenar al restaurante del pueblo, que estaba muy bien aunque no había pescado fresco.
Nos dijo la camarera que cuando llueve los pescadores no van a pescar así que tuvimos que conformarnos con carne de lo más variopinta, y de postre nos entregamos a un pastel hecho con batata/boniato, queso local, y mucha-mucha-mucha-mucha azucar. Por suerte solo había que caminar de regreso al dormitorio, y era cuesta arriba que sino lo habríamos hecho rodando.
La mañana siguiente nos encontró visitando el supermercado local, que se ve que para desayunar bien en estas islas hay que ir a los supermercados. Nos proveímos de algo para comer también, y enfilamos hacia el norte, que LO que hay que visitar en esta isla son las "fajas", que están todas en el norte y son de muy buen ver. Según lo que recordamos, estas fajas se crearon con material sólido que cae de los acantilados, y están siempre entre la montaña y el mar.
Al otro día, luego de desayunar tuvimos que volver a hacer el bolso, devolver el coche (que se estaba convirtiendo todo esto en un deja vous) y ahora dirigirnos al puerto, que nuestro próximo destino era la isla de Pico que hasta ese momento la teníamos en frente nuestro. Luego de una hora y 40 minutos de navegar en un ferry bajo un poco de llovizna pero al calor del mate amargo, llegamos al puerto de Madalena que también es el pueblo más grande de esta nueva isla.
Algo muy interesante que tienen todas las islas es un circuito de senderos que están muy bien marcados para hacer excursiones de entre 2 y 6 horas. Varios senderos van sobre carreteras o pistas asfaltadas, lo cual no es muy agradable. Pero tampoco hay (al menos mientras estuvimos nosotros allí) muchos vehículos por la calle así que siempre uno tiene esa sensación de estar solo en el medio de la nada.
Nos despertamos al otro día con unas excelentes vistas al mar desde la ventana de nuestro dormitorio (donde te imaginabas que iba a estar la casa sino?), y luego de desayunar in situ, comenzamos a mirar el mapa de la isla, y encontramos una zona en el noreste que merecía la pena ser visitada. Fuimos hacia allá, y nos encontramos que buena parte de la caminata era sobre campos de lava (fríos, claro), que no son muy agradables de transitar ya que la lava se pone puntiaguda y un poco molesta para el calzado.
Regresamos a la casa a dormir una siestita, luego nos duchamos y fuimos a cenar a un restaurante "deluxe" donde había comida local hecha un poco al estilo "fusion" ese que nos han acostumbrado los cocineros modernos de estos últimos tiempos. No estuvo mal, pero el vino local sigue teniendo un largo camino por andar. Nos fuimos a pasar la segunda noche en nuestra humilde morada costera, como siempre con más nivel de alcohol en la sangre que lo acostumbrado.
Luego de pasear un rato (conduciendo) por la costa sur, llegamos hasta Lajes do Pico donde nos enteramos que en ese lugar se cazaban ballenas, y hay todo un museo dedicado al tema. Comimos en algún restaurante la comida del día, y luego nos pusimos en formato cultural a visitar el museo. Acabado el tour cultural, volvimos a subir al coche y enfilar hacia el este de la isla, donde pudimos hacer una excursion cultural alrededor de la Calheta de Nesquim.
Rematamos la jornada en un restaurante de esos "de nombre", con un chef muy simpatico que nos contó pasado, presente y futuro de la gastronomía de las islas, nos convidó con licores locales varios, y nos hizo degustar un filete de atun fa-bu-lo-so, y algún que otro pescado local.
Un verdadero highlight en este viaje nuestra última cena en Pico, que la mañana siguiente una vez más hubo que hacer el bolso, abandonar la casa como en el gran hermano, volver hacia el puerto de Madalena para dejar el coche y subirnos a otro ferry que nos llevaría a la isla de Faial, nuestra última isla por visitar.
La ciudad de Horta es la más grande de esta isla, y está literalmente "en frente" de Madalena, así que el viaje solo duró unos 30 minutos. Una vez arribados, dejamos nuestro equipaje en el puerto y nos fuimos a pasear por Horta, pasamos por la costanera, encontramos el restaurante recomendado por trip advisor pero -como que era domingo de pascuas- estaba ya lleno así que acabamos comiendo en el de enfrente junto con todos los rechazados en el primero. Es un buen negocio eso de montar un lugar de comidas al lado de uno famoso, a tener en cuenta.Nuestro vuelo de regreso a Ponta Delgada fue tranquilo, con vistas del monte de Pico a quien pudimos admirar por última vez, y una duración de unos 55 minutos de agradable planear. Una vez llegados a Ponta Delgada, nos tocó pasar la última noche allí y para la ocasión nos elegimos un hostel en el centro, que es todo más práctico así. Llegamos, dejamos el bolso, fuimos a cenar por última vez en las islas, paseamos un rato por el puerto y luego a dormir la mona.
En nuestra última mañana de este largo calvario que fue para nosotros la semana santa degustamos unas últimas queixadas con nuestro desayuno, compramos algunas para traerlas a Barcelona, no mucho suvenir que dice Don que luego con la mudanza de hogar después encima hay que cargar eso, y luego de ducharnos y hacer el check out nos metimos en un taxi que nos volvió a dejar en el aeropuerto de Ponta Delgada, adonde luego TAP se encargaría de devolvernos sanos y salvos a Barcelona ya descansados y relajados.
Pos así fue que nos fue, debajo hay mas fotos para disfrutar, y será hasta el proshen arret. Tchau!










