
Szervustok!
Hemos
vuelto al ruedo, no es que en estos meses de inactividad bloggera no
hayamos estado acumulando millas por ahí, pero la rutina de verano es
casi siempre la misma y ya casi que no vale la pena ser repetida una vez
mas, así que no hubo mucho por reportar desde la última entrada. Esta
vez el low cost nos ha llevado al este de Europa, a Hungría, que ahora
RyanAir parece
que se ha flexibilizado y no solo te deja llevar el equipaje ese que
apenas cabe en la cajita esa que te ponen antes de subir al avión, sino
que además también te permiten un bolso de mano a bordo, y l@s que
trabajan cortando tarjetas de embarque ya no te ladran más sino que
incluso te sonríen.

Es más, tienen una revista de esas que te dan a
bordo (y gratis!) como cualquier otra compañía aérea que presume de
serlo. Incluso ha disminuido la venta a bordo; ya no está más la tarjeta
esa de "rasque y gane" aunque la reemplazaron por otra que por 2 euros
te promete convertirte en euromillonario y de paso asistir a niños con
enfermedades terminales ("no duden tentar a la suerte a bordo" es el
slogan un poco cutre de esta promoción). Tanto cambio asusta, ya que no
olvidemos el refrán ese que dice que "no es oro todo lo que reluce",
pero de momento la cosa parece haber cambiado.

Y así fue que
caímos en la terminal 2 del aeropuerto de Barcelona con nuestras maletas
+ bolsitos reglamentarios, y un par de horas más tarde ya estábamos en
Budapest, con algunos grados de menos y el cielo nublado. Igual nos
pusimos todo lo que teníamos encima porque hacía frío para nuestros
estándares, y salimos a conocer la city, que es realmente una ciudad que
merece dedicarle varios días para pasearla. De hecho, Budapest son dos
ciudades separadas por el rio Danubio: Buda y Pest. Nosotros nos
alojamos en Pest, que es donde está el centro de la ciudad y es la zona
plana. Del otro lado del Danubio, en Buda, la geografía es un poco más
accidentada.

Nuestra primer fría mañana de visita la dedicamos a conocer el barrio judío de la ciudad, que tiene como gran highligh una
Gran Sinagoga que
domina al barrio, y que además -como es de esperarse por esta zona-
tiene varias zonas dedicadas a la memoria del Holocausto que ocurrió
durante la última gran guerra, y que aquí se llevó la vida de mucha
gente. Hicimos un walking tour por el barrio judío, visitamos otras
sinagogas más ortodoxas, vimos panaderías y restaurantes koshers,... y
luego de unas cuantas horas adentro de ese barrio decidimos hacer una
pausa para comenzar a degustar la gastronomía local, que aquí obviamente
hay mucho
gulash, mucho guiso y
paprika por
todos lados.

La verdura normal aquí viene escabechada, lo cual produjo
rápidamente la fascinación de Carlos y el desprecio de Don que se pasó
comiendo carne de todo tipo y color y patatas hasta el final de nuestros
días en este país. También hay vinos de todo tipo y color, pero los
buenos eran bastante caros así que solo nos dedicamos a probar tintos de
la zona de precio medio sin nada muy distintivo que reportar.

Acabada
la bacanal gulasheska, caminamos un rato por la zona céntrica para
hacer un rato la digestión y acabamos tomando mate a orillas del
Danubio. Luego cruzamos uno de los puentes que cruzan este amplio pero
no azul río y enfilamos hacia el
Gellert Hotel, que
tiene un complejo de aguas termales bastante famoso y que nos permitió
relajarnos luego de tanta caminata bajo el cielo gris. Es que Budapest
es famosa por sus aguas termales que afloran allí mismo a orillas del
Danubio, y el Gellert es uno de los lugares más icónicos para ir a
disfrutarlas.

Acabada la sesión de relax, estuvimos un buen rato
buscando algún lugar para cenar algo típico que no sea ni
Subway, ni Macdonalds ni Burger King que
se ve que en el barrio donde estábamos solo había eso. Acabamos en un
restaurante un poco pasado de precio pero que no estaba mal. Obviamente
de cena le dimos nuevamente al goulash y alguna que otra verdura que
andaba flotando por allí.

Al día siguiente cruzamos el Danubio y
fuimos a visitar las sierras del lado de Buda, donde se encuentra toda
la parte medieval de esta ciudad, con castillos y museos para pasarse
toda una vida recorriendo, que hay muchos. Nosotros nos metimos en el
museo de historia de
la ciudad que nos mantuvo entretenidos por un par de horas, y luego de
almorzar una suculenta sopa de goulash en la cima de la colina con
vistas excelentes al Danubio, pillamos un tren para escaparnos un rato
de la urbe y conocer un poco la Hungría profunda.

El viaje en tren fue
un poco extraño porque en algún momento nos sacaron del tren, nos
metieron en un bus por un buen rato y luego nos volvieron a poner en
otro tren para luego avisarnos que teníamos que avanzar a uno de los dos
primeros vagones del tren si queríamos llegar a destino... Un rollo
largo de viaje, pero acabamos llegando sanos y salvos a nuestro destino,
la ciudad de
Keszthely a orillas del
lago Balaton, el
lugar de veraneo de todo húngaro que se precie de tal que este país no
tiene salida al mar.

Estábamos en el lugar ideal, solo que no era verano
y la zona estaba más desierta que la Plaza Catalunya en el día de la
Hispanidad. Igual, nosotros no veníamos a por los deportes acuáticos
sino a otra cosa... que algo tenía de acuático pero no lo que os estáis
imaginando, que a la mañana siguiente de nuestro triunfante arribo en
tren-bus-tren al pueblo, pillamos bicis y nos internamos por unos 6
kilómetros tierra adentro para caer en
Heviz, que
tiene un lago termal impresionante que hace que uno pueda bañarse
incluso en el día más frío del año.

La experiencia termal de Heviz fue
un poco distinta a la del Gellert, que aquí la edad promedio es de entre
60 años y la muerte ya que todo aquel que sufre de reuma, artritis,
várices y cualquier otra enfermedad de esas que afectan a la circulación
estaba por aquí remojandose las carnes. Igual nosotros pagamos el
ticket como cualquier/a viej@ de los que teníamos alrededor, y nos
metimos a chapotear en el lago termal. Don dice que la temperatura del
agua no era muy diferente a la de esas lagunas a las que lleva Carlos en
épocas de navidad ahí por la zona de
Macondo.

Carlos
en su defensa afirma que allí en el trópico la cabeza no se te congela
si está fuera del agua como en Heviz, ni tampoco hay olor nauseabundo a
azufre como había en este lago de los viejos cisnes.

Pasada la
experiencia relax con los abuelitos, volvimos a darle a la bicicleta
para retornar a nuestro alojamiento en Keszthely, cenamos comida local
de la buena, guisada y con mucha paprika de esas que hacen que te tengas
que inyectar luego un antiácido a las 2 de la mañana para poder seguir
viviendo unos años más, y nos fuimos a dormir temprano que en este
pueblo no habían ni gatos para despertarte en el medio de la noche.
Al
día siguiente visitamos un poco el municipio de Keszthely que tiene
varios museos y palacios interesantes, y sobre el mediodía -luego de
comer a las apuradas unas hamburguesas que se nos iba el transporte-
pillamos bus de regreso a Budapest, que se acercaba el fin de semana y
había que aprovecharlo en la gran ciudad.

Ni bien llegados a
nuestros nuevos aposentos en otro lugar de Pest más cercano al Danubio
que el anterior, decidimos ir a saunear nuevamente, que había que probar
el
Rudas, el único baño termal que todavía deja
entrar solo a los varones hasta las 20 horas y después se vuelve mixto
por el resto del fin de semana. Así que llegamos sobre las 18 hs y os
podeis imaginar que la peña que estaba allí era justamente esa que
prefería llegar antes de las 20, como nosotros. Vaya experiencia...

De
allí fuimos a cenar comida cara pero buena, con unas vistas razonables
del Danubio que de noche se pone bonito y hasta te hace creer que es
azul y todo. Luego de un par de copas de buen vino local nos arrastramos
hasta la cucha a dormir la mona, que el sábado nos encontró a media
mañana ya en movimiento, visitando el
Memorial del Holocausto que
ahora lo teníamos al lado de nuestro albergue y que realmente vale la
pena ver para entender lo que fue el horror en esos días por esta zona.


De allí nos acercamos hasta el
Nagycsarnok, el gran
mercado de Budapest, adonde le volvimos a dar al goulash y alguna que
otra carne de esas asadas y verduras fermentadas. Para digerir la comida
nos arrastramos hasta el
Museo Nacional de Húngaro donde
una exhibición estupenda te hace recorrer por los más de 5000 años que
lleva la humanidad viviendo por estas tierras. Y de como pasaron por
aquí romanos, mongoles, turcos, prusianos, alemanes, rusos,.... la
verdad es que muchas ganas de vivir por esta tierra no te queda con
estos antecedentes, pero esperamos que por unos cuantos años los dejen
vivir tranquilos, que queremos volver al menos un par de meses más a
disfrutar de esta ciudad.
Del museo volvimos a nuestro hostal a
descansar un rato, aunque detuvimos un rato la marcha porque había una
especie de celebración de gitanos en la plaza del barrio.

Mucho no nos
quedamos porque tampoco sabíamos qué celebraban. Al parecer hubieron
elecciones este fin de semana y este era un acto político, aunque lo
único que vimos en el escenario fue una especie de
Rafaella Carrá gitana
que cantaba mientras la muchedumbre acompañaba con palmas y bailes.
Nosotros igual nos volvimos pronto a prepararnos, que teníamos noche de
ópera en la
Opera Nacional de Hungría, un
edificio soberbio que alberga una institución de reconocimiento
mundial.

La ópera en sí fue muy dinámica y entretenida, obviamente que
saberse "la letra" de antemano ayuda a disfrutarla, así como los
subtítulos al inglés que te pasaban durante la función. La obra que nos
tocó ver era un superdramón griego de esos que no se ve ni por la
telebasura de las 19 hs: que ella va a matar al hermano pero sin saber
que es su hermano, y después aparece el amigo del hermano (el amigo
griego, entiéndase) y la cosa se lía más aún... En fin, al menos nuestra
historia tuvo final feliz (que también ya lo sabíamos porque habíamos
leído el argumento antes de salir para el teatro) y en acabada la
función fuimos a celebrar el veredicto salomónico de la diosa Diana con
una cena típica en algún bistró de por allí, y luego salimos un poco de
bares que se ve que es lo que hay que hacer en esta ciudad un sábado por
la noche, que todo el mundo estaba por la calle de botellón o
equivalente.

El domingo nos encontró con el consabido resacón,
pero igual luego de una dosis matinal de cafeína volvimos a montar el
tranvía para ir al Parlamento, que solo pudimos verlo desde afuera
porque las visitas guiadas eran muy tarde y ya teníamos otros planes.
Del Parlamento nos acercamos hasta la
Casa del Terror, que
no es ningún entretenimienton patrocinado por RyanAir ni nada por el
estilo, sino un museo un poco kitsch que funciona en un edificio que
albergó a los nazis durante la segunda guerra mundial, y luego a los
servicios de inteligencia pro-soviéticos que vinieron después a hacer
esas maldades que los comunistas hacían durante la guerra fría.

Acabado el paseo por la casa del terror nos dirigimos al edificio de la
Academia de Musica Liszt donde
escuchamos un concierto en homenaje a Bach bastante bueno. Es que si la
música es lo tuyo, esta ciudad tiene bastante para ofrecerte en ese
rubro. De allí ya poco tiempo nos quedaba por disfrutar en estas
tierras, que volvimos nuevamente en tranvía al hotel a buscar nuestras
cosas, y luego nos dirigimos hacia el aeropuerto usando transporte
público, que es lo que le pone a Don.

Y ésta fue mas o menos
nuestra aventura por el este de Europa. Hemos de decir que de todos los
países del otro lado de la ex-cortina de hierro que visitamos hasta la
fecha, éste es el que más hemos disfrutado y el que más nos has gustado.
Así que volveremos, que todavía nos quedan varios baños termales más
por visitar y óperas por escuchar. De momento, disfrutad de las fotos
que siguen y será hasta el proshen arret. Sziastok!